
Entender la ansiedad: una señal, no un fallo
Sentir ansiedad no significa que algo esté “mal” en ti. Significa que tu cuerpo y tu mente están respondiendo a una situación que, de alguna forma, se percibe como una amenaza.
La ansiedad no es únicamente mental; se siente en el cuerpo: respiración entrecortada, tensión muscular, sensación de nudo en el estómago, palpitaciones, inquietud constante. En muchas ocasiones, intentamos evitarla, taparla o “controlarla”, pero cuanto más tratamos de silenciarla, más fuerza parece tener.
No se trata de eliminar la ansiedad por completo, sino de aprender a entenderla. La ansiedad, en muchos casos, es una señal: algo necesita ser atendido, cambiado o sostenido de otra manera.

Tengo atracones de comida, ¿Qué puedo hacer?
Los atracones no son solo “falta de fuerza de voluntad” ni “comer por ansiedad”, como muchas veces se piensa. Son una forma compleja en la que nuestro cuerpo y mente intentan lidiar con algo más profundo.
En los atracones lo importante no es la comida ingerida, sino lo que sucede antes, durante y después del episodio. En muchos casos, son una respuesta a estados emocionales difíciles de gestionar.
Lejos de ser una simple “falta de control”, los atracones cumplen una función. Suelen aparecer como una vía para calmar, anestesiar o distraerse de aquello que resulta emocionalmente abrumador. Sin embargo, tras ese momento de aparente alivio, suele aparecer la culpa, el malestar físico y una sensación de frustración que alimenta el ciclo.
La relación con la comida no se puede aislar del contexto emocional, corporal y personal de cada individuo. Por eso, abordar los atracones requiere ir más allá de la conducta alimentaria, y empezar a entender qué función cumple en la vida de quien los experimenta.

Acompañar las emociones de la infancia.
Lloran “sin razón”, se enfadan con intensidad, no saben decir lo que sienten… y a veces no sabemos cómo actuar. Acompañar las emociones de niñas y niños puede ser una experiencia tan bonita como desafiante.
Es importante recordar que la infancia no es una etapa “inmadura” que hay que corregir, sino un proceso en construcción. Los niños no nacen sabiendo autorregularse, y necesitan adultos disponibles que les ayuden a nombrar lo que sienten, a sentirse seguros y a aprender poco a poco cómo gestionar sus emociones.
Muchas veces, frente a un berrinche o una reacción intensa, la pregunta no debería ser “¿cómo lo hago para que se calme?”, sino “¿qué necesita en este momento para sentirse comprendido y contenido?

La importancia de la salud mental: mitos y realidades
La salud mental es fundamental para el bienestar general, pero aún existen muchos mitos que impiden que las personas la cuiden como deberían.
La salud mental no es solo relevante para quienes padecen un trastorno psicológico; es parte del bienestar de todas las personas. Así como cuidamos de nuestro cuerpo, también debemos ocuparnos de nuestras emociones, pensamientos y relaciones.
Uno de los mitos más extendidos es la creencia de que solo las personas “locas” van al psicólogo. Esta idea es errónea y estigmatizante. La terapia psicológica es útil no solo para tratar trastornos, sino también para conocerse mejor, gestionar emociones, tomar decisiones importantes o mejorar las relaciones personales. Buscar ayuda profesional no es señal de debilidad, sino de responsabilidad y cuidado propio.
También es falso que los problemas psicológicos se solucionen solo “poniendo actitud”. Frases como “tienes que animarte” o “todo está en tu cabeza” minimizan el sufrimiento real de muchas personas. Los trastornos mentales requieren atención profesional, empatía y tiempo. Negar su existencia o simplificarlos puede hacer que las personas afectadas se sientan incomprendidas o culpables.
Cuidar la salud mental influye directamente en la calidad de vida. Nuestros pensamientos y emociones impactan en cómo trabajamos, cómo nos relacionamos y cómo enfrentamos los desafíos cotidianos. Además, es importante saber que un diagnóstico psicológico no es una sentencia: con el acompañamiento adecuado, muchos trastornos pueden mejorar o incluso remitir.
Hablar con naturalidad sobre estos temas, informarse y eliminar prejuicios son pasos clave hacia una sociedad más saludable y empática.

Tipos de descanso y por qué son clave para nuestra salud mental
El descanso es mucho más que dormir; es un conjunto de actividades y momentos que permiten que nuestro cuerpo y mente se recuperen del desgaste diario. Entender los diferentes tipos de descanso nos ayuda a identificar qué necesitamos para sentirnos realmente renovados.
Descanso físico: Es el más conocido y se refiere al sueño y a las pausas para relajar el cuerpo. Dormir bien es fundamental para que nuestros músculos, órganos y sistema nervioso se regeneren. Además, descansar físicamente mejora la energía para enfrentar el día.
Descanso mental: Consiste en darle un respiro a la mente, especialmente cuando estamos expuestos a altos niveles de estrés, concentración o pensamientos constantes. Actividades como la meditación, el mindfulness o simplemente alejarnos de pantallas durante unos minutos ayudan a reducir la fatiga mental.
Descanso emocional: Muchas veces el cansancio viene de las emociones acumuladas. Este tipo de descanso implica permitirse expresar y procesar emociones, hablar con alguien de confianza o practicar actividades que nos reconforten y nos ayuden a liberar carga emocional.
Descanso social: Aunque socializar puede ser energizante, también puede generar agotamiento cuando estamos en ambientes demandantes o con personas que nos generan tensión. El descanso social significa tomar tiempo para estar a solas o en compañía que nos haga sentir tranquilos.
Descanso sensorial: Vivimos en un mundo lleno de estímulos constantes que sobrecargan nuestros sentidos. El descanso sensorial implica reducir esos estímulos: apagar el celular, buscar espacios silenciosos o practicar ejercicios que calmen la vista, el oído y otros sentidos.

Cuando la imagen física que vemos no es real
La dismorfia corporal se caracteriza por una preocupación por uno o varios defectos o imperfecciones percibidas en la apariencia física.
Quienes sufren dismorfia corporal suelen pasar mucho tiempo pensando en su aspecto, buscando defectos y tratando de ocultarlos o corregirlos. Esto puede llevar a conductas repetitivas como mirarse constantemente en el espejo, compararse con otros, evitar situaciones sociales o someterse a múltiples tratamientos estéticos. Aunque pueda parecer un problema superficial, la dismorfia es un trastorno serio que afecta la autoestima, genera ansiedad, depresión e incluso puede conducir al aislamiento social.
Uno de los grandes desafíos de la dismorfia corporal es que, a pesar de los intentos por mejorar la apariencia, la persona nunca siente que está satisfecha. Esta insatisfacción constante es una distorsión en la percepción que dificulta vivir con tranquilidad y confianza.
Es importante destacar que la dismorfia no es simplemente “estar preocupado por cómo se ve uno”, sino que implica un nivel extremo de angustia que interfiere en la vida cotidiana. Además, no es una elección, es un trastorno que requiere acompañamiento profesional para aprender a manejar los pensamientos y construir una imagen corporal más realista y saludable.